
Escribe Eduardo preguntando de quién es el verso "noviembre es el mes que más quiero". Y le contesto: Ahora mismo no me acuerdo y luego supongo que tampoco, pero lo intentaré y le escribo que sé que en noviembre caen las hojas amarillas y que en mayo vuelve a abrir la blanca flor mientras corren sin cesar las manecillas encerrás en la esfera del reló, que alguien le robó a alguien el mes de abril, que hay tardes últimas de julio pesarosas, y píos deseos al empezar el año, que diciembre es esta imagen de la lluvia cayendo con rumor de tren cuando la luz color de acero nos refugia en los sótanos y que alguna vez recuerdo ciertas noches de junio de aquel año, casi borrosas de mi adolescencia y que también, y sobre todo, tengo clavado en el paladar que agosto es una hostia con sabor a sandía y a gintonic (hay quien bebe como si comulgara).
Y en esto ando cuando recibo otro correo de Eduardo: "La cita no era exacta, pero su autor es el único, el inimitable..." Y me envia el poema
Y lo leo y es contagioso y pegadizo este noviembre, para comérselo, ¡para no quererlo!:
NOVIEMBRE
Llega otra vez noviembre, que es el mes que más quiero
porque sé su secreto, porque me da más vida.
La calidad de su aire, que es canción,
casi revelación,
y sus mañanas tan remediadoras,
su ternura codiciosa,
su entrañable soledad.
Y encontrar una calle en una boca,
una casa en un cuerpo mientras, tan caducas,
con esa melodía de la ambición perdida,
caen las castañas y las telarañas.
Estas castañas, de ocre amarillento,
seguras, entreabiertas, dándome libertad
junto al temblor en sombra de su cáscara.
Las telarañas, con su geometría
tan cautelosa y pegajosa, y
también con su silencio,
con su palpitación oscura
como la del coral o la más tierna
de la esponja, o la de la piña
abierta,
o la del corazón cuando late sin tiranía, cuando
resucita y se limpia.
Tras tanto tiempo sin amor, esta mañana
qué salvadora. Qué
luz tan íntima. Me entra y me da música
sin pausas
en el momento mismo en que te amo,
en que me entrego a ti con alegría,
trémulamente e impacientemente,
sin mirar a esa puerta donde llama el dios.
Llegó otra vez noviembre. Lejos quedan los días
de los pequeños sueños, de los besos marchitos.
Tú eres el mes que quiero. Que no me deje a oscuras
tu codiciosa luz olvidadiza y cárdena
mientras llega el invierno.
Claudio Rodríguez