martes 17 de noviembre de 2009

Alzheimer

Cuando Arquímedes se sumergió en la bañera llena de agua y vio que parte de ella se vertía sobre la cerámica que cubría el suelo tuvo un arrebato de lucidez y la memoria, ya casi vacía, recuperó trabajosamente de algún pozo escondido de su dañado cerebro el principio físico que afirma que todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso de fluido desalojado. Y hubiera vuelto a salir a la calle desnudo, gritando eureka con la fuerza y la alegría de aquella vez, si el cuerpo le hubiera respondido.
- Eureka. –se conformó con gritar en la bañera- Vuelvo a recordar mi nombre: Tales de Mileto.

sábado 14 de noviembre de 2009

Fotógrafos



El viernes seis estábamos en Zaragoza, en casa de Gervasio Sánchez. Habíamos acabado de grabar y Gervasio nos estaba poniendo unas cervezas y algo de picar. Entonces sonó el teléfono. Era la ministra de cultura. Llamaba para comunicarle que le habían concedido el Premio Nacional de Fotografía. Gervasio nos dio un abrazo como si le hubiéramos ayudado a conseguir el premio, nosotros que no hemos estado bajo los tiros y las bombas, ni hemos visto las amputaciones de cerca, ni sentimos la angustia de su compañera, de su hijo Diego o de sus amigos cuando anda por ahí tirando fotos en lugares poco recomendables para la salud. Le pusimos el micrófono para hacerle un par de preguntas y volvió a sonar el teléfono. Era la Directora General de Cultura. Estaba aquí tomando unas cañitas con unos amigos de TVE cuando me ha llamado la ministra, le contó.
Me encontré con Gervasio Sánchez en la Casa Encendida hace un par de meses. Tengo que hacer un documental sobre la mirada de niños de diez o doce años (ni niños ni animales, decía Hitchcock. Supongo que hacía una excepción con los pájaros, sobre todo con los loros que actúan siempre con gran naturalidad sobre los hombros de los piratas y nunca se quejan de los doblajes) tienen respecto a la guerra incivil. Hasta ese momento sólo tenía un par de ideas. Los niños hablarían con sus abuelos y les contarían que comían pan con cebolla, que no tenían abrigo, que pasaban mucho frío en invierno y que no comían dulces y los niños deducirían que por eso los abuelos son tan golosos y tienen montado un kiosco de chuches en casa. No era mucho. Me acerqué a Gervasio y se lo conté. Me dijo que su hijo tenía un diario de los viajes que había hecho con él a Sierra Leona y a Camboya, que conoce niños soldados y a niños heridos por minas antipersonas y que además si yo quería podía hablar con la directora del colegio y con la profesora de su hijo y organizar una charla-proyección para que los niños sacaran conclusiones. Le dije que era como si acabara de desmontar una mina antiperiodista destinada a mí. Por eso estaba en su casa el viernes. Así que me alegré en directo y dos veces: porque acaban de darle el Premio Nacional de Fotografía a un excelente fotoperiodista y también a un tipo generoso. Le pregunté que de quién se acordaba. Soy de los que creen que si vas a México tienes que oír a los mariachis, que si viajas a España tienes que tomar paella y sangría, que si vas a Viena tienes que ir a la ópera y si viajas a la luna poner una bandera y dar saltos menos grávidos que los de la Tierra, creo que a veces es pertinente caer en el tópico. Por eso cuando estoy ante un premiado le pregunto que de quién se acuerda. Gervasio empezó a enumerar a sus compañeros y amigos muertos en las guerras mientras se le humedecían los ojos y en cuanto acabó de contestar a la pregunta se despidió de la cámara y de nosotros y desapareció emocionado por el pasillo. Luego llamamos a Madrid y mandamos las imágenes por si querían incluirlas en algún informativo. Y las incluyeron, pero de como lo hicieron no voy a hablar porque cada cual puede equivocarse como quiera.


Al día siguiente, sábado, moría en Barcelona el fotógrafo Humberto Rivas. A Humberto Rivas lo conocí hace doce años. Estuvimos juntos cuatro días preparando y rodando un documental sobre su obra. Era un excelente retratista, de rostros, de paredes, de camas, de habitaciones, de silencios. En todas sus fotos había algo que no estaba allí, que acababa de irse o que estaba a punto de no llegar nunca. ¡A ver quién retrata ahora esas ausencias!

lunes 9 de noviembre de 2009

Unos versos de Alda Merini

Navego como una sombra
en el sueño del día
y sin saber
me reconozco como tantos
inclinada sobre un altar
para ser comida quién sabe por quién.

miércoles 4 de noviembre de 2009

¿Y cómo no quererlo?


Escribe Eduardo preguntando de quién es el verso "noviembre es el mes que más quiero". Y le contesto: Ahora mismo no me acuerdo y luego supongo que tampoco, pero lo intentaré y le escribo que sé que en noviembre caen las hojas amarillas y que en mayo vuelve a abrir la blanca flor mientras corren sin cesar las manecillas encerrás en la esfera del reló, que alguien le robó a alguien el mes de abril, que hay tardes últimas de julio pesarosas, y píos deseos al empezar el año, que diciembre es esta imagen de la lluvia cayendo con rumor de tren cuando la luz color de acero nos refugia en los sótanos y que alguna vez recuerdo ciertas noches de junio de aquel año, casi borrosas de mi adolescencia y que también, y sobre todo, tengo clavado en el paladar que agosto es una hostia con sabor a sandía y a gintonic (hay quien bebe como si comulgara).
Y en esto ando cuando recibo otro correo de Eduardo: "La cita no era exacta, pero su autor es el único, el inimitable..." Y me envia el poema
Y lo leo y es contagioso y pegadizo este noviembre, para comérselo, ¡para no quererlo!:

NOVIEMBRE

Llega otra vez noviembre, que es el mes que más quiero
porque sé su secreto, porque me da más vida.
La calidad de su aire, que es canción,
casi revelación,
y sus mañanas tan remediadoras,
su ternura codiciosa,
su entrañable soledad.
Y encontrar una calle en una boca,
una casa en un cuerpo mientras, tan caducas,
con esa melodía de la ambición perdida,
caen las castañas y las telarañas.

Estas castañas, de ocre amarillento,
seguras, entreabiertas, dándome libertad
junto al temblor en sombra de su cáscara.
Las telarañas, con su geometría
tan cautelosa y pegajosa, y
también con su silencio,
con su palpitación oscura
como la del coral o la más tierna
de la esponja, o la de la piña
abierta,
o la del corazón cuando late sin tiranía, cuando
resucita y se limpia.
Tras tanto tiempo sin amor, esta mañana
qué salvadora. Qué
luz tan íntima. Me entra y me da música
sin pausas
en el momento mismo en que te amo,
en que me entrego a ti con alegría,
trémulamente e impacientemente,
sin mirar a esa puerta donde llama el dios.

Llegó otra vez noviembre. Lejos quedan los días
de los pequeños sueños, de los besos marchitos.
Tú eres el mes que quiero. Que no me deje a oscuras
tu codiciosa luz olvidadiza y cárdena
mientras llega el invierno.

Claudio Rodríguez

lunes 2 de noviembre de 2009

LLevaba días llamando a Estheres

y sólo se volvían José Luises, que por otra parte la mayoría son buenas personas, al menos los qe yo conozco, claro, que con los José Luises como con las demás personas o acontecimientos no me gusta generalizar, sobre todo con los Venancios, que he conocido dos y cada cual es más dispar. Aunque si hay que generalizar me quedo con los Gonzalos, pues ya lo dice el refrán: No hay Gonzalo malo ni por su gusto apaleado. Salvo los masoquistas, debería añadir el refrán. Pero los refranes, ya se sabe, añaden más bien poco. En fin, otro lexatín ">

viernes 30 de octubre de 2009

Sobre críticos y conocimiento del medio

Un crítico empírico se arroja por un sorprendido terraplén. Cuando, tras golpearse con piedras, arbustos y cualquier otro tipo de saliente, llega rodando abajo y comprueba que no ha sufrido ningún daño de importancia se apresura a calificar al terraplén de banal intrascendencia que la naturaleza podría haberse ahorrado. El terraplén parece no sentirse afectado pero quizá ya haya empezado a llorar sus penas por dentro hasta hacer brotar un manantial.

miércoles 14 de octubre de 2009

Lección de pintura de Domingo Sánchez Blanco

">

Quizá dedicada a Miquel Barceló.

viernes 2 de octubre de 2009

Hoy es un gran día

Jim Jarmusch estrena hoy una película en la que actúa una petenera. Juan Carlos Mestre gana el Premio Nacional de Poesía. El filólogo asesino que si algún día tiene que morir no se decide entre hacerlo viendo una película de Jarmusch o escuchando flamenco y que si quiere seguir viviendo es también porque sabe que existe gente capaz de decir
Mis antepasados inventaron la Vía Láctea,
dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad...

cierra el periódico y se siente tan ancho que está tentado de pedir un permiso de fin de semana para salir a la calle a abrazar hasta a los más contagiosos.